Fra jesuitternes  magasin i  Perú – februar 2011 –  PDF-fil:  link

 

Mail: Antonio Sánchez-Guardamino –  1. marts 2011 17:55

Queridos amigos Per y Ulla:

El martes 15 de Marzo voy a ir a Marcapata, hasta entonces no me es
posible. Ahí le daré la plata a Elin.

Voy a intentar mandarles como adjunto el artículo sobre Peter y, si es
posible, también alguna fotografía. Digo voy a intentar porque, a
veces, o porque la señal de Internet es muy lenta o por mi
inutilidad, no hay manera de enviar adjuntos.

Con mis mejores deseos para Ustedes, un fuerte abrazo

Antonio

NOTA:

No he podido adjuntar el artículo. Lo copio aquí. ¡Ojalá, así,
funcione. Las fotos para otra vez que sea más propicia. Me gustaría
saber si les ha llegado el artículo, pues estoy teniendo muchas
dificultades para envíar este correo.

 

ARTÍCULO P. Peter Hansen

No me resulta fácil escribir en pocas líneas sobre el P. Peter Hansen. La riqueza de su personalidad es tan compleja como la partitura de una sinfonía. Su vida, sin embargo, fue transparente en su sencillez. Así se me presenta este querido compañero jesuita nacido en Dinamarca en 1926, que entró por segunda y definitiva vez a la Compañía de Jesús en el Noviciado de Aranjuez en Marzo de 1968 y que, el 28 de Julio del año pasado 2010, partió de este mundo al encuentro definitivo con Dios.

Los que le conocíamos sabemos que su vida toda fue una aventura: desde su juventud difícil en tiempos de la segunda Guerra Mundial, como deportista en su querida Dinamarca y como audaz viajero por los países de la Europa de la posguerra y el cercano Oriente. También lo fue después en su caminar en la vida religiosa: Jesuita primero, cartujo por un tiempo, estudios de teología hasta ordenarse como sacerdote diocesano y, de nuevo, jesuita.

En su primera etapa en la Compañía de Jesús fue destinado a Japón, a donde nunca llegó a ir. En Perú, en donde ya sacerdote hizo parte de su noviciado, antes de acabar su segundo año le destinaron al Chiriaco –selva norte- como superior. Allí permaneció alrededor de cuatro años para, después, recibir el destino a la comunidad de Urcos, en donde vivió sus últimos 37 años, 27 de los mismos entre la comunidad campesina Quico Grande y Marcapata, lo más lejos posible del mundo urbano de Urcos.

Su vida fue la de un hombre que rompía esquemas allí donde estaba, un hombre que nunca se estancó, siempre estaba soñando y planeando cosas nuevas, que buscaba respuestas a las situaciones que se le iban presentando, un idealista con los pies en la tierra, a veces contradictorio, siempre abierto y tolerante. Tal vez por eso, en su vejez, seguía siendo un hombre joven que cautivaba a todos los que le conocían y se acercaban a él, tanto jóvenes como personas adultas.

Peter fue un amigo entrañable por su fidelidad, por su cercanía, por su bondad y capacidad de ternura a pesar de su apariencia ruda, por su sencillez, por su alegría y optimismo contagiosos. Tenía un gran humor y sabía reírse de sí mismo. Gozaba de una rara habilidad para hacer amigos, lo que explica la vasta red de amistades que tenía en muchos países. Ofrecía y recibía confianza, de ahí que le llegaban ayudas de todas partes. Era un hombre que se hacía querer.

Su pasión fue entregar su vida, primero entre los nativos de la selva compartiéndola con ellos; después, en Quispicanchi, entregándola con la gente de estos pueblos y comunidades andinas. Para todos ellos siempre quiso y buscó lo mejor y dio lo mejor de sí mismo hasta el final, su propia vida. Así entendía él la vida, entregada amando sin medida. Y entregada preferentemente en servicio de los más necesitados y excluidos. Nada había más importante para él que el amor. Con frecuencia solía decir: El amor cristiano empieza donde acaba el amor humano. No era una simple frase sino fiel reflejo de lo que él vivía.

En la convivencia con las comunidades nativas de la selva y campesinas de la sierra aprendió a escuchar antes de hablar. En las reuniones difícilmente adelantaba opinión sin haber escuchado antes la opinión de los demás, nunca se apresuraba, y cuando hablaba lo hacía con palabras respetuosas, sabias y reflexionadas desde una perspectiva siempre original, palabras que, además, inspiraban y a nadie dejaban indiferente.

Aprendió también a dejarse despojar sin alterarse, a ser comprensivo y tolerante con todos, a disfrutar de la vida sencilla del campo a pesar de su dureza. Gozaba estando y compartiendo la vida, observando los detalles más simples y conversando con los campesinos en quienes admiraba el dominio, la sabiduría, destreza y habilidad con las que se manejan en su medio natural, medio en el que el hombre de la ciudad, decía, sería incapaz de sobrevivir.

Un rasgo que caracterizó a Peter fue el de soñador. Soñaba y murió soñando. Uno de los sueños que más acarició fue proporcionar una buena educación a los niños y niñas de las comunidades. Lo realizó parcialmente en la Comunidad Quico Grande ampliando la escuela con 5º y 6º grados de primaria. Desengañado de la educación estatal, insistía en establecer un colegio propio, en Ocongate, para los niños y niñas de las comunidades de la zona alta de Quispicanchi. Quería verlos crecer alegres sin avergonzarse de su lengua ni de las costumbres de su comunidad. Algunos fuimos freno para su realización por no ofrecer garantías de institucionalidad. Hoy sentimos ese sueño como un reto pendiente.

Valoró con profunda admiración y respeto el modo de vida de los campesinos, sus costumbres, su manera de sentir y relacionarse con lo trascendente a través de la pacha mama y los apus, sus propias expresiones religiosas; valoró, respetó y defendió su cultura y su lengua. Su deseo de comprender desde dentro el mundo andino le llevó a tomar la decisión de irse a vivir a una comunidad lejana y aislada, Quico Grande. En ella vivió alrededor de doce años y, hasta su muerte, mantuvo una estrecha relación con esta comunidad desde Marcapata. Hizo suyo el reto de la inculturación.

A su deseo de mejorar las condiciones de vida de la gente debemos el Ccaijo en Ocongate y varias hidroeléctricas, carreteras, viviendas, talleres, emisora de radio, etc., en el distrito de Marcapata y Quico Grande. Por supuesto, comedor y biblioteca para los niños, además de innumerables ayudas personales, a familias y a enfermos.

Ante todo, soñó con que un día estos pueblos lucieran diferentes. Soñó con un desarrollo profundamente humano desde sus propias raíces culturales. Sin dejar de ser lo que son, les quería ver solidarios, preocupados por las necesidades de los demás, apoyándose unos a otros, particularmente a los más pequeños como los ancianos y ancianas a quienes visitaba y ayudaba a limpiar y arreglar sus humildes casas, los enfermos, los niños. Para estos organizaba todos los años una gran fiesta el 31 de Julio día de San Ignacio. Los quería ver honestos, fraternos, respetándose mutuamente, felices.

Entre otras muchas facetas de la rica personalidad de Peter, aunque sólo sea mencionarlas, no puedo menos de señalar su aguda inteligencia y mirada abierta hacia el mundo. Leía mucho, por lo que estaba al día en teología. Manteniendo convicciones profundas, le hacían sufrir las posturas y manifestaciones dogmáticas y excluyentes de ciertos sectores de la Iglesia. Su espíritu y mente respiraban ecumenismo, ni se le ocurría preguntar, menos hurgar, sobre sus creencias a quienes se ofrecían a trabajar con él como voluntarios. Fue un hombre universal en lo particular, austero consigo mismo, paciente, libre de espíritu, con alma y sensibilidad de artista.

Sería injusto con Peter si me callara lo nuclear de su personalidad, lo que define la razón de su existencia como jesuita y en Perú: Por encima de todo Peter fue un hombre de una fe honda, un verdadero CREYENTE, con las dudas y dificultades que esto conlleva. Fue un apasionado por la persona de Jesús quien ejerció una fascinación tal que marcó su vida para siempre. Reconociéndose frágil se sabía en manos de Dios y en El puso su confianza. Esta fe, aunque él lo ponía en duda, la transmitía con sencillez y con amabilidad. Sus reflexiones y sus palabras calaban hondo en los oyentes, incluso en aquellos que no compartían la misma fe.

Siempre original y diferente, entendió muy bien las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. También las del grano de trigo que cae en tierra y muere y su último gesto de entregar la vida. Como Jesús, él la entregó hasta el final al servicio de la gente de los pueblos y comunidades de Quispicanchi dejando atrás su familia, recordada tantas veces con cariño, y su querida Dinamarca.

Me atrevo a decir que, como Jesús, Peter pasó su vida haciendo el bien y supo devolver siempre bien por mal, y con alegría. En su corazón no había espacio para el rencor y sí para la comprensión y el perdón. Pareciera que San Pablo pudo decir aquello de “Dios ama al que da con alegría”, y con humor añadiría yo, porque conoció a Peter. Me contaron que cuando uno le preguntó: ¿Por qué dejaste la Cartuja? Porque se rezaba poco, le contestó.

Alma contemplativa, su búsqueda de Dios le llevó a visitar en su juventud el Monte Athos en donde pasó algunas semanas con los monjes. Tal vez por eso mismo, junto a su casa en Marcapata, meses antes de morir construyó una pequeña capilla hacia la quebrada con los nevados al fondo. Allí pasaba largos ratos de silencio y oración.

Según el testimonio de la religiosa que estaba con él a las 5,30 de la mañana del pasado 28 de Julio en la sala de cuidados intensivos de la clínica, estuvo lúcido y conservó su buen humor hasta el último momento muriendo con toda paz. No podía ser de otra manera. Peter sabía mirar siempre el lado positivo de la vida y de las personas, incluso de aquellas que le hicieron daño, a quienes perdonó de corazón y las quiso hasta el final. Se fue como había vivido, regalándonos una sonrisa.

NOTA SOBRE LAS 14 FOTOGRAFIAS ADJUNTAS

– La primera es del Comedor Parroquial en Marcapata.

– La segunda es el ámbito del templo parroquial de Marcapata.

– La tercera, Peter en la cocina de la casa de Marcapata.

– Las cuatro siguientes, en la Comunidad Quico Grande.

– Las dos siguientes, con niños y niñas dentro de la casa en Marcapata.

– Las cuatro siguientes, con niños y niñas de Quico Grande fuera de la casa y en el ámbito del templo en Marcapata.

– La última fotografía, en la capilla de la Comunidad Quico Grande.